El pasado mes de junio Óscar Casado Oliva, el Director Legal de Políticas Públicas y Privacidad de Tuenti publicó este intesante artículo de opinión en el diario expansión que pasamos a compartir con ustedes.

 

Revolución digital y regulación

Ya nadie duda de que la revolución digital que estamos viviendo puede que sea la mayor revolución jamás vivida y el período más grande de cambio económico, tecnológico y social desde la Revolución Industrial.

Y es que lo digital ha transformado todo: nuestras vidas, la sociedad y, por supuesto, los modelos de negocio. Se habla ya de un nuevo círculo virtuoso digital: las tecnologías digitales conducirán la demanda de los consumidores, aumentarán el crecimiento económico y el empleo y harán las economías más competitivas y productivas que nunca. Por ello, la conectividad es ya la clave de este mundo digital y el Internet móvil y social es su base.

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Decir que Internet es global parece ya una obviedad, y por eso cada vez tiene menos sentido hablar de empresas de un país u otro. La competencia ha cambiado y los mercados empiezan a converger hasta el punto de que los usuarios ya no saben de qué país es una aplicación que se han descargado en su smartphone, ni qué plataforma o tecnología utiliza para la prestación del servicio. Eso es ya irrelevante. Empresas de distintos países compiten por el mismo cliente y, sin embargo, sujetas a normas y restricciones distintas.

Lo que está ocurriendo es que la tecnología digital no conoce de barreras físicas ni territoriales (ni respeta a las compañías que han tenido éxito en el pasado) y se convierte, por lo tanto, en un entorno ideal para la aparición de emprendedores. Las bajas barreras de entrada, el coste mínimo de la innovación y la rapidez con la que los clientes adoptan los nuevos servicios digitales han abierto un universo de posibilidades en el ámbito empresarial idóneo para la aparición de start-ups de Internet.

Por un lado, esto supone una enorme oportunidad para empresas españolas y europeas que pueden competir globalmente y expandir geográficamente sus negocios digitales; por otro, estas mismas compañías se pueden encontrar con un enorme obstáculo: la regulación. Y es que aunque Internet sea global, la regulación aún es local y se agota en las fronteras territoriales de los estados.

Por ello, una regulación excesivamente local o demasiado alejada de la realidad digital, puede tener un grave impacto económico y consecuencias negativas, no sólo en las compañías digitales sino también en los propios usuarios a los que al final se pretende proteger. El hiperproteccionismo y el exceso de prevenciones es negativo, no favorece la innovación y hace menos competitivas a las empresas europeas. Por eso es tan importante que la regulación no se convierta en un freno de la innovación sino es un factor de estímulo de la economía digital.

La revolución digital ha provocado un cambio económico, tecnológico y social sin precedentes y es natural que un cambio de estas dimensiones también cree retos a los policy makers y reguladores. Y es aquí donde está la clave: ¿cómo puede la regulación favorecer esta revolución digital? O en otras palabras: ¿qué puede aportar la regulación a la nueva economía digital?

No hay respuestas fáciles ya que la competencia en la economía digital es compleja y sobre todo muy cambiante, pero podríamos empezar por lo que la regulación no tiene que aportar: asimetrías. Es decir, no podemos competir si no tenemos todos las mismas reglas de juego. Las empresas necesitan certidumbre acerca de los límites de lo que se puede y no se puede hacer, pues ello facilita la inversión, pero no sólo se necesita certidumbre en las reglas de juego sino que que todos los jugadores tengan esas mismas reglas del juego. Esto significa que los mismos servicios deben regirse por las mismas normas, independientemente de las tecnologías subyacentes y la localización del proveedor. La regulación debe crear una igualdad de condiciones para competir.

Si queremos aprovechar el verdadero potencial de la economía digital es esencial que la regulación refleje y sobre todo se adapte a la nueva realidad digital, centrándose en las cuestiones más importantes: promover la inversión, la libre competencia, la innovación y el lanzamiento de nuevos modelos de negocio y servicios digitales.

El entorno dinámico, innovador y cambiante de la economía digital, hace que gran parte de la regulación actual sea innecesaria e incluso obsoleta. Ahora bien, adaptar las normas a la nueva economía digital no significa crear más regulación. Es evidente que el regulador siempre irá por detrás y no podrá moverse a la misma velocidad que los mercados y la tecnología evolucionan. Por ello es necesaria una mayor y más estrecha cooperación entre el sector público y privado, unidos con una única visión: analizar los mercados desde la perspectiva del consumidor creando un marco regulatorio más ligero y flexible ante los cambios y aplicando las mismas reglas para los mismos servicios bajo el principio de neutralidad tecnológica.



 

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